A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su sueño, mandado por Gabriela.
Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella. Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma entraba con el cura.
Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos.
—El dolor es más fuerte que yo—murmuró sonriendo.
El cura se le acercó y le estrechó la mano:
—Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su arañazo.
Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que observaba silenciosa, desde los pies de la cama.
La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.
El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía.