De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la bala.
—Ahora se curará, señor capitán—dijo después de lavarle prolijamente con infusiones de hierbas y vendarle bien.
Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado.
El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo, que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba al galope el camino de San Pedro.
Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.
Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora presente.
Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario.
La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido que le faltara la voz.
Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo:
—Yo soy su madre, y no me lamento así.