La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.

Un día Gabriela dijo en la mesa:

—Hoy ha amanecido sin fiebre.

La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada.

—Sin fiebre y con hambre—agregó sonriendo un poco Gabriela, íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus cuidados.

Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás, desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía, velándole.

No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la observaba, quizás hacía un largo rato.

—Hoy no ha venido don Julián;—le dijo, cerrando el libro—ayer lo encontró ya bastante bien...

—¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?—dijo él avergonzado de que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:—¡ah, el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.