—Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos.

—Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo...

—¿A quién entonces?—interrogó ella involuntariamente.

—A usted, señorita...

—Señora,—corrigió ella suavemente.

—¡Ah!—dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa de los Cuervos, le refirió el capataz.

Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño.

Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros, porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras.

Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se acercó a la ventana, y luego dijo: