—No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a preguntarle a mama—y salió.

El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía aún, como un apacible zumbido de dulces abejas.

Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa hubiera sido su enfermera en los largos días de fiebre, en que no era dueño de sí mismo.

¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa.

¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una mujer o un niño?

Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo:

—Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela.

Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella. Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer el rostro y lucir los ojos garzos.

—Usted me mima—le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado.

Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo.