Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama.
Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le replicó:
—No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.
Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente, con lo que él se aquietó.
—Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don Julián.
Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.
Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido, volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.
Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le dijo:
—Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dice don Julián que su herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.
Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de los Cuervos.