IV
La yerra

¿Era eso el amor?

Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre.

Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada, porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca, y ella debía sustituirla.

Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema elegancia, hija de una larga costumbre.

Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús, cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente.

Se le acercó y le dijo:

—¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi oficio?