Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia el campo.
No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino, la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos, sintió una llamarada de indignación subirle al rostro.
—¡Oh, Dios mío!—clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió, sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los Cuervos, donde se había ganado las voluntades.
El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos, dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura.
¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir:
—Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar.
—En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca.
—Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a Alarcón. No crea, Gabriela, que es mi gusto... ¿sabe? siento alejarme de esta casa, que ha sido un puerto para mí.
—Habíamos quedado—murmuró Gabriela—en que no se acordaría más de eso.
—No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida...