—¿Qué es?—preguntó involuntariamente la joven, notando que él se había callado.

—Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el valor de la vida, que también le debo...

El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban sobre el campo verde.

Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la hermosa mañana.

De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo.

—¿Le hace mal galopar?—preguntó Gabriela, siendo esa su primera palabra, después de lo que él le dijera.

—No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con usted; y me parece que el galope los acorta.

Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y había una vaga tristeza en el timbre de su voz.

Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz. Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir hubieran de ser fatalmente tristes.