Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.
Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de la revolución?
Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa, y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía rechazar.
El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas, y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí pudiera estar el que buscaban.
Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad.
Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse, parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle.
Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija?
—He mandado un chasque a Alarcón—volvió a decirle Insúa, mientras cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus caballos;—es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente, además...
Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas palabras, en que a través de las ideas indiferentes se traslucía el amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba: Insúa preparaba una nueva revolución.