Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza.

—Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta? Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo que acompañarles...

Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran tristeza.

—¿Qué le pasa, Gabriela?

Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que partió al galope, seguido por el de Insúa.

—¡Nada! no me pasa nada—respondió sin mirarlo.—Usted no tiene otro pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa alguna vez en los muertos?

Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta.

¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían, ¿no era ya un secreto?

¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse, envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado?