Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas apelotonadas como un montón de caracoles rosados.
Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.
Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las pajas brillantes de rocío.
Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho.
Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su alma como una sospecha.
No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle, su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si tuviera horror a su memoria.
Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él.
¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma.
Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa, porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña.