Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antaño. Y su sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?...
Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente, los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra, entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda que venían arreando los peones.
Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.
La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia que caracterizaba esas ruidosas jornadas.
Reunían la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de ñandubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros podían disparar, cuando quedaban dentro, y allí uno por uno iban sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera.
Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insúa caminó algunos pasos y se detuvo también; estaba irritado consigo mismo, con su propio destino, que parecía burlarse de él.
La joven esperó que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de su madre, y después cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrás de todos.
Los mugidos de los toros coléricos, por ir mezclados con sus rivales, el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera, contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montón, los ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y les sirvió de pretexto para no hablar.
Cuando llegaron a las casas no habían cruzado una palabra.
Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres marcas de hierro con un pequeño mango de hueso en el extremo de la barra, se estaban calentando.