Don Julián, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se había puesto una sotana vieja, color tabaco en el pecho y en los codos. Quería estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena.

—Vamos a marcar terneros, no más, porque no hay hacienda grande orejana—le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le dió un vigoroso apretón de manos.

—Lo siento, porque tenía ganas de desherrumbrarme las coyunturas.

Abrió los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilató, absorbiendo una gran bocanada de aire frío, cargado del viscoso relente de las islas, que la brisa empezaba a barrer.

Insúa que llegaba en ese instante, lo saludó sin bajarse del caballo, y los dos se quedaron allí, mirando los preliminares de la operación.

Antes de encerrar la hacienda en la ensenada—nombre que daban al extenso corral—era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia. Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los animales que le pertenecían y los peones entraban dando gritos, en el montón, para apartarlos de allí, arreando o pechándolos con el encuentro de sus caballos.

Insúa silencioso, con el ceño fruncido, pensando a ratos en otras cosas, miraba la escena que no lograba interesarle.

Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeños grupos en la ensenada. Había más de quince hombres, que corrían revoleando los taleros, y gritando: ¡huajá! ¡huajá!, alarido de guerra que enardecía a los perros.

El capataz conversaba con el cura, vigilando la operación; de cuando en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso, mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo.

El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de árboles, para que la gente pudiera correr sin riesgo, roída la hierba en el sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuñas. El contorno era verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche había ennegrecido a trechos. A poca distancia, la punta del bañado, cubierta de camalotes, parecía continuar el campo terso y firme, pero cuando algún peón siguiendo un animal fugado del rodeo, se metía hasta allí al galope, de cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un chorro de plata a la luz del sol.