En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el capricho del animal que perseguían, los caballos en su impetuoso galope se tendían como si fueran a caer de costado.
En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doña Carmen de Borja huyó dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron tras ella, para volverla al corral. A la distancia en la llanura, sin términos de comparación, sus siluetas comenzaron a achicarse.
De pronto el animal fugitivo, fatigado quizás, se detuvo en seco, y uno de los peones, sin tiempo para desviar su montura cayó como una tromba sobre él, y rodaron por tierra.
—¡Huajá!—gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oyó la contestación del paisano que respondía de lejos, levantándose y volviendo a montar:
—¡No es nada, hermanos! ¡Siga la farra!
Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyéndose apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante, y detrás de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos al lado de las madres.
Más allá era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal.
Insúa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos años había vivido, dejándose penetrar por su belleza tranquila, con la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo había arrojado el destino.
¿Quién hubiera creído de él aquella repentina pasión que empezaba a morderle como un can rabioso?
¿Y ella? ¿No era ella la misma la verdadera culpable de que él se sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una burla trágica a todas las nociones de honor que imponían y aceptaban las gentes?