La vió llegar al rodeo, acompañando a su madre, que le saludó con la inexplicable esquivez de siempre, poniéndose a hablar con el capataz sobre la yerra que iba a comenzar.
Gabriela tenía los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el rostro llevaba la marca del horror, por lo que había adivinado. Insúa esperó, la cabeza agachada, mirando al suelo, que parecía temblar con el tropel de la hacienda. La joven llegó hasta él, y sencillamente le dijo:
—Ha llegado Alarcón. El que usted esperaba para irse.
Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazón como una sentencia. Debía partir; ella se lo decía.
V
El secreto
En la alta noche, doña Carmen de Borja, sintiendo quieta a su hija, que dormía en su cuarto y que en un principio había aparecido intranquila, se levantó sin ruido, fatigada de esa cama en que no podía conciliar el sueño, y arrebozada en un manto, se llegó hasta el comedor.
Las tinieblas que reinaban allí, el silencio temeroso de su soledad, roto bruscamente por el crujido de las maderas de algún mueble, la atmósfera impregnada aún con el vaho de la cena, todo le inspiró el deseo de respirar el aire frío y puro de la galería.
Corrió los pasadores de la puerta y salió.
No había luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo.