Todo reposaba; en los árboles, los raros pájaros que desafiaban el invierno; las bestias en el campo; las ovejas en el corral; los perros, alerta el oído para sorprender los rumores sospechosos, que se agrandaban con el vasto silencio, dormían amontonados, en la cocina; un cuzquito lanudo, se había trepado sobre el fogón y roncaba suavemente, con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo.

Y en la rama de siempre dormían los cuervos que la dama no podía ver, pues quedaban del otro lado de las casas.

Aquella calma apaciguó sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la memoria con más nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a quien esa tarde llamó al oratorio, para confiarle su tremenda angustia.

—¡Padre!—le había dicho, arrodillada a los pies de él, que la escuchaba sentado en un viejo sillón de cuero, la cabeza apoyada en la mano.—¡Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por él; Jarque también, y él, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible secreto, que me pesa como una lápida. Yo habría querido equivocarme, pero cada día estoy más segura de que ella también lo ama. ¿Por qué, él que sabe cuál es su crimen, ha venido hasta aquí, y ha turbado la paz de mi casa con ese amor que es otro crimen?

Doña Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de maestro que indica la senda, le dijo:

—El amor puede adueñarse del hombre, sin que esté en su mano libertarse.

—Así es; también lo pienso yo,—respondió la dama.

—¿Sabía él que aquí vivía la viuda de Jarque?

—No, padre. Mi hija lo salvó, cuando se estaba ahogando y lo trajo en su bote. Volvió al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no supe quién era el que así recibíamos como un huésped, digno de nuestra caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos días pasé en la ciudad, preguntando cómo fué la muerte de mi Carmelo; para algunos era un misterio, pero no faltó quien me hiciera el relato. Cuando volví a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que veía ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egoísta y abandoné la tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pensé en lo que jamás debí descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida; ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio no llenaba su corazón. Y libre, por la muerte de su marido, aquel hombre a quien había salvado, que era cortés y hermoso, que tenía el prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo supiera, no podía menos de entrar en el alma de mi hija. Y así fué; yo he comprendido que si él la quiere, sinceramente, como creo, ella está embriagada por un amor que es lo que había soñado.