—¿Y ella? ¿Ella... puede saber?—preguntó el cura con un ligero temblor en la voz, porque recordó que esa mañana, en el rodeo, algo extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acercó a Insúa.

—Ella no puede saber—respondió la madre;—si lo hubiera sabido en un principio, no habría llegado a enamorarse de ese hombre. Y ésa es mi culpa no habérselo dicho. El crimen es de él, que sabiéndolo se llegó a ella y la amó. ¡Santo Dios! me tiembla el corazón y me parece oír, cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que así hayamos vengado su sangre.

—La venganza—murmuró el cura—es miseria nuestra. Las almas de los muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla.

—Y ahora—prosiguió doña Carmen—me aflige el presentimiento de las cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que está enamorada, llega a saber qué abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo ahora una dicha que antes por motivos egoístas no le dí. Su padre quiso casarla, ella consintió, porque era buena y sumisa; y yo, que debía oponerme, pues conocía su alma, y sabía sus sueños, no me opuse, y también consentí. Fué su desgracia, quizás por culpa mía. Ahora no tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar para mí el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche.

Con sus manos finas y largas, se tapó el rostro descompuesto por el dolor y murmuró sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella:

—¡Oh, mi Carmelo, mi Carmelo!

Don Julián tenía, no obstante su aparente simplicidad, una larga experiencia que le hacía discreto y sagaz en sus consejos, y humano por encima de todo, en cuanto se lo permitían sus rígidos principios religiosos y morales.

Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para él, que había husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez, y en la sombría reserva de Insúa, cuando se comentaba la noche de la revolución, en que lo hirieron.