Conocía también los sueños de Gabriela, rotos por aquel matrimonio sin amor, que fraguó su padre, y alguna vez había temido que la desesperación entrara en el espíritu romántico de la joven, confinada en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos.

Pensó también que Insúa no era en realidad un criminal, sino un combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin más propósito que la victoria para un ideal, y que habría sido injusto equiparar su culpa a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la viuda.

—¿Cómo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su yerno? ¿Quién le contó? ¿Hay muchos que lo sepan?—interrogó el cura a doña Carmen.

Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de una parienta, un indio se acercó a contarle con toda reserva lo que sus ojos habían visto. Nadie más—le dijo—sabía nada de aquello, y nadie debía saberlo, era el nombre del que había quitado la vida a Carmelo Borja y a Braulio Jarque.

—¿Y ese indio quién era, y qué interés tenía en decírselo a usted y en callarlo a los otros?

—Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos había pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a prenderle.

No quería huir, porque había desertado y los compañeros se vengarían; conocía los secretos de la revolución; había presenciado la lucha de Insúa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitán no lo castigara si algún día se sabía por él el horrendo secreto.

La madre siguió acumulando los detalles del relato que el indio le hiciera, mientras don Julián pesaba en su conciencia el bien y el mal que podía haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la providencia ponía en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin violencia su curso natural.

Cuando la dama se alzó del reclinatorio en que había hecho aquella confesión que revolvía todos sus dolores, su corazón estaba sometido a lo que pudiera ser la voluntad de Dios.