Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolvía la casa dormida, despertó de nuevo en ella la rebelión que la palabra del cura había apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella había de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su sueño.
Se levantó, por eso, y buscó la calma de sus nervios paseándose en la galería, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el rumor del agua del río, volvió la paz a su espíritu.
Y mientras ella paseaba, temblando de frío, creyendo a su hija dormida, ésta incorporada en su lecho, llena de espanto, veía por el postigo abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre.
La había sentido salir, y tuvo vergüenza de hablarla, porque también su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor, con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella venganza que ella debía ejercer para acallar la voz de los muertos.
¡Oh, si su madre supiera—pensaba—que ella estaba a punto de doblarse como una caña ante el huracán de la pasión!
Y volvía a hostigarla aquella duda:
¿Ignoraba su madre lo que ella adivinó esa mañana? Si ignoraba, ¿por qué huía de su huésped como si le horrorizara su vista? Y si sabía, ¿por qué había callado, por qué no se llegó hasta ella, para detenerla al borde de este amor que era un crimen?
Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las cobijas, estuvo un largo rato dudando si debía saltar de la cama, para ir hacia su madre y pintarle su tortura.
A esa misma hora, otro pensamiento hacía su misma dolorosa jornada.