Insúa se había acostado temprano, con el pretexto de su partida que sería al alba, pero en realidad por no encontrarse más con Gabriela, cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcón le quitaron toda esperanza.
Antes pensaba con pena en el momento en que abandonaría la Casa de los Cuervos, para acompañar a sus amigos en la nueva campaña que se iba a emprender. Y ahora, lo veía llegar como un alivio, y su partida era una fuga, de aquellos lugares en que se había encendido la primera ilusión de su vida.
Se estremecía de horror ante la evidencia de que ella esa mañana leyó en sus ojos la verdad que fué su pesadilla en sus horas de fiebre. ¿Cómo había llegado a comprender ella la maldición que pesaba sobre él?
¿Pero había comprendido en efecto? ¿Sabía que era viuda por él, que no tenía hermano por él?
Revolvía en su memoria todos los detalles de ese día, y serenábase como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, después de la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban, balbuceando la despedida, ella lo envolvió en una profunda mirada dolorida, que fué su primera confesión de amor.
En la insomne noche, parecíale que los ojos luminosos dejaban caer sobre él una apacible luz de perdón, porque habían comprendido que era su destino, y no su voluntad, el que había tejido aquella intriga siniestra.
¡Ay! ¡pero a esa intriga debía ella su libertad de amarle!
Alarcón hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja, las circunstancias en que se preparaba la revolución.
El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias que curasen de raíz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a vivir.