Con la muerte inopinada de Jarque había perdido todas las pruebas con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen, ni contra Montarón, ni contra ninguno de los conjurados que en la noche del baile debían apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar nada en concreto. Ellos mismos, al ver cómo Iriondo escapó de las manos de Insúa, invirtiéndose los papeles y teniendo éste que huir, permanecieron quietos, en una actitud que podía ser sospechosa para los que poseían los hilos de la conjuración, pero que no tenía nada de hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de Montarón, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la plaza.
La muerte de Jarque, el adversario más temible que tenían los opositores, alentóles a vengar cuanto antes aquella derrota, y sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron los preparativos de la nueva revolución que había de terminar sangrientamente en la batalla de los Cachos.
Oyendo a Alarcón, Insúa podía medir el cambio profundo que en esos días se había producido en él. Ya esas cosas parecíanle sin sentido.
¿Qué le importaba a él quién gobernara, si el poder se le presentaba como la más estéril de las vanidades?
Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no podía prever y sentía deseos de entrar en la acción, buscando en la lucha el reposo de su corazón y de su conciencia atormentada.
Cuando Alarcón se durmió, comparó la serenidad de aquel sueño, con el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo, los ojos de ella, que no podían haberle mentido, le habían hablado de perdón.
Faltaba mucho aún para el alba, cuando despertó a su compañero para que fuera a ensillar los caballos, que habían dejado en el corral de las vacas a fin de tenerlos cerca.
Alarcón había dormido sobre un apero de montar, y comenzó sin ruido a juntar las caronas, mientras Insúa se vestía, precipitadamente, sin decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche.
Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba más que en sus amigos, en su deber, en la lucha.
Su pequeña maleta pronta, abrió la puerta que daba a la galería, y salió antes que Alarcón. Encandilado por la luz de adentro, no vió la sombra huraña de doña Carmen de Borja, que aún se paseaba por allí, escabulléndose hacia el comedor.