Llegó hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el rocío, y sintió en la avenida de los eucaliptus el áspero graznar de los gansos que advertían su presencia.

Hacía un frío intenso, mas no fué ese frío el que le hizo temblar, corriéndole por la médula de los huesos. En la sombra siniestra de la arboleda, a donde había llegado, ansioso de movimiento, percibió el susurro de las alas de uno de los cuervos, que pasó rozando su cabeza.

Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no podía jugarse más que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcón se echó a reír, dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo.

Se volvió, y oyó la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde apenas se veía su grácil figura.

—¿Se vá?

—¡Oh, Gabriela! ¿por qué ha venido?—respondió él, como un reproche, estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma.

—No le había dicho adiós—dijo ella con dulzura—y era de mal augurio dejarlo partir así, como si huyera de la casa.

Insúa se le acercó y le tomó la pequeña mano temblorosa.

—Es como una huída, en verdad...