—¿Y por qué?—interrogó ella, vencida en su largo insomnio por el amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que él no supiera que ella sabía de aquel abismo de sangre que les separaba, ¿por qué no había de amarlo? ¿Cómo podía él nunca sospechar que ella fingía?
Él le contestaba:
—¿Para qué había de quedarme? Ayer le dije que a usted le debía la primera ilusión de mi vida. Ahora...
—¿Ahora qué?—preguntó ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que temblaban sus manos.
—Ahora esa ilusión se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya; usted misma ayer me lo dijo, anunciándome la llegada de Alarcón. "Ha venido el que esperaba para irse". ¿No fué así?
—Ayer sí, ayer fué así;—dijo con reprimida vehemencia la joven.—¡Hoy no! ¡hoy no! ¿Por qué se ha de ir?
—¿Y por qué había de quedarme?
Y ella en un relámpago de voluntad, sintiendo que él no hablaría nunca, desconfiando quizás de que ella hubiese penetrado su secreto:
—¿Si yo se lo pidiera...?