—¡Oh, Gabriela!
—¿Se quedaría?
De nuevo sintióse pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo.
Ella dijo simplemente:
—Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca.
Después hablaron, y la confesión del escondido amor brotó con fuerza, como una llama que disipó en sus corazones el frío y la niebla de las angustiosas horas pasadas.
Cuando volvió Alarcón trayendo los caballos, Jesús había llegado con un farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insúa hablaba con Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que la luz rojiza del farol alumbraba como una de las estampas del oratorio.
Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirmó lo que anunciara uno de los cuervos. Sintióse la voz de un hombre que decía:
—Manso, Batallón, Cuzco, ¡soy yo, ¡soy yo!—aplacando a los perros que conociéndole dejaron de ladrar.
Llegóse él hasta el grupo, y Gabriela dijo: