—Es el ovejero.
Era un viejito descarnado, pequeño, ágil aún, vestido miserablemente, con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la cintura con una huasca.
Saludó con voz apagada y acercándose al capataz, que en ese momento aparecía, le contó en voz baja que esa noche había llegado al rancho donde él vivía, a una legua de distancia, un hombre que parecía andaba sobre el rastro del capitán Insúa.
—¿Cómo es ese hombre?—preguntó Insúa oyendo aquello.
—Aindiado, capitán; quizás indio de veras.
—José Golondrina—murmuró Alarcón.
—Entonces habrá que hacerle venir—dijo Insúa.
Alarcón que cinchaba su caballo, dejó el correón y se volvió hacia el capitán.
—Será mejor que no sepa donde estamos.
Lo dijo como para que Insúa no más lo oyera.