El ovejero continuó:

—Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios, más bien del gobierno. Entró en mi rancho, al anochecer; me pidió carne y le dí media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compró un costillar. Salió para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las alforjas. Yo creo que no era así, y que alguien, que no quería dejarse ver, lo esperaba allí. Tal vez son varios los compañeros; el perro que tengo ladró toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando lo ví dormido, me salí, y aquí estoy avisándoles y para lo que gusten mandarme.

Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible.

Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella había encendido en su corazón.

Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún, partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida por la helada.

Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se perdieron en la sombra.

Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.

VI
Sobre las huellas de Insúa