A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del alba, llegó ñor Basilio, el ovejero, al rancho en que vivía solo, desde hacía veinte años.
De lejos vió la llama del hogar, encendido por su huésped de esa noche. Cuando entró, hallólo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca, atizando el fuego que ardía sobre el suelo de tierra en medio del rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el hollín, empezaba a calentarse el agua para el mate.
—¡Buenos días!—se dijeron sin mucha efusión.
Ñor Basilio sacó de un rincón una especie de morral de cuero, donde guardaba la yerba y el azúcar, tomó el mate, vaciado de la yerba vieja, y empezó a cebar, tasando con escrúpulo, los ingredientes del rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto por ciento en las crías, y sólo cuando vendía la lana de la esquila, hacíase de algún dinerillo para yerba y azúcar. Tabaco no compraba; cultivábalo él mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el día que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho.
José Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir al ovejero que preparaba el mate. Lo vió ponerse en cluquillas al lado del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y brindarle enseguida el primer mate.
—¡Sírvase!
El indio, callado siempre, sorbió el contenido del mate, y al devolver la pequeña vasija, lustrada por los años de uso, dijo a ñor Basilio con una leve intención:
—Yo soy madrugador, pero usté me gana.
—Así parece,—contestó el otro.
—Esa sendita que se ve entre las pajas, ¿va a la Casa de los Cuervos?—y señalaba una raya clara trazada en el pastizal.