—¿Tiene viaje para allá?—interrogó el viejo.
El indio movió la cabeza sin decir nada.
—Si quiere lo acompaño para que no se pierda en el monte.
—No he de perderme—respondió José Golondrina.—Yo soy baqueano de estos campos, aunque hace años no vengo.
—Nunca lo vide por aquí—observó el ovejero, dándole otro mate.
El indio se puso de pie y salió del rancho. Afuera ya el alba iluminaba el paisaje con su luz cenicienta.
Una bandada de patos "siririses", pasó silbando por encima del rancho, y José Golondrina se estremeció, porque era un buen cazador al vuelo.
—Qué tiro se ha perdido—dijo; mas no oyó que ñor Basilio le contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeños ojuelos interrogadores del dueño del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se le hubiera caído.
—Voy a ensillar—dijo, concluyendo el tercer mate, que tomó arrimado a la puerta.