En ese momento, sobre la nítida raya del horizonte, sobre la infinita llanura de la isla de enfrente, apareció el disco rojo del sol, y el inmenso paisaje pareció vibrar herido por su luz.

El gallo cantó batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho.

Ñor Basilio salió con el mate en la mano, para espiar las andanzas de su huésped. Por lo que había oído esa noche, el personaje no era de mucha confianza.

Lo vió cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados. A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se veía el caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su gusto en la noche, alerta, relinchando al dueño que se le acercaba.

José Golondrina lo enfrenó, quitóle la manea, y montó en pelo, para ir hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvió de cama. Antes, sin embargo, se internó en el monte, obscuro aún con la sombra alargada de los árboles.

—Va a avisar a los compañeros—pensó el viejo.—Este hombre anda en malas andanzas. Que Dios lo ayude.

Y se metió de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a constatar que el indio no andaba solo.

Media hora después, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por el paso de hacienda, en dirección a la Casa de los Cuervos.

Uno de ellos, José Golondrina, marchaba adelante de los otros, sirviéndoles de guía.