Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y carabina, y un alférez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado en una capa de paño azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos bordes aparecía la extremidad de la espada.
—Dicen que es bonita la viuda de Jarque—díjole sonriendo uno de los hombres que marchaba a su lado.
El alférez, que venía pensando en ello, alzó la voz dirigiéndose a José Golondrina, que apenas se volvió:
—¿Quién la conoce? ¿Vos, indio?
—No, mi alférez.
—Es lástima; podrías darme datos.
Siguieron al trote, distinguiéndose del ruido sordo de los cascos en la hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables que se golpeaban.
José Golondrina revolvía sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar moría.
Había hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el motivo de su odio, habíase hecho el eje de la persecución del gobierno contra Insúa, de cuya existencia tenían ya indicios seguros.