En la noche de la revolución, él, que hiciera fuego sobre su jefe, debió huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar, para escapar a la saña de los milicianos vencedores, que pasaban sableando a los revolucionarios fugitivos.
Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doña Carmen de Borja, cuando llegó de la estancia para enterrar a su hijo, que allí se veló.
En el tumulto de la gente que acudió el primer día, pasó el indio inadvertido, pero después lo apresaron, y entonces aprovechando la circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por lo que oyera la noche de la revolución, logró hablar con su madre, y revelóselo, y en cambio de aquella revelación que había de ser la pesadilla de la infeliz mujer, le pidió que hablara a Bayo en su nombre, para que le dejaran libre.
Cuatro días pasó en un calabozo, con las piernas en la barra de grillos, solo, temblando de frío, cuando una mañana, el gobernador en persona, llegó hasta su prisión deseoso de hablarle.
Sabíase de la muerte de Insúa, mas no se había dado aún con su cadáver, por lo cual, José Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la sospecha de que había escapado vivo de sus perseguidores, para quienes la noticia de que habían logrado concluir con el temido caudillo fué ocasión de un premio.
—No debe haber muerto—dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba de pie, junto a la barra de grillos.—Si el señor quiere, yo daré con él.
—Si está vivo—contestó Bayo.—¿Y si está muerto?
—Daré lo mismo con su cuerpo.
El aire sombrío e inteligente del preso, interesó a Bayo, que lo mandó poner en libertad, y le encargó de la pesquisa.