Con una patrulla recorrió José Golondrina el río, la laguna, los sauzales de las islas, y llegó hasta la Casa de los Cuervos, cuando Insúa estaba allí, luchando aún con la muerte.

Doña Carmen de Borja habló con el indio, disipando su sospecha, y él la creyó porque nunca habría imaginado que aquella mujer que tenía los ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al matador.

Algunos días después José Golondrina, de quien el gobernador Bayo no estaba muy satisfecho, entró en la casa de Montarón, como peón para los servicios pesados, partir leña, traer agua del río, cuidar la huerta. Nadie sabía allí de dónde venía: contó una historia y le creyeron.

Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y él, poco a poco, atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que a nadie confiaba, mientras no llegara la hora.

Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocíase que la relación era estrecha y cultivada entre Montarón y él. José Golondrina más de una vez llevó mensajes de éste, que ahorraban una visita.

A ninguno de los dos les había desengañado el fracaso. Por el contrario, su pasión política se exacerbó ante la derrota, y aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron a tramar una nueva revolución.

José Golondrina seguía de cerca la conjuración. Así tuvo noticias de Insúa, aunque no llegó a saber cuál era su paradero.

Y fué entonces cuando la astucia del indio le procuró el más eficaz de sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba.

Syra permanecía en casa de sus padres, aunque en los primeros días huyera de ella. Mas no tenía trato con nadie. Aislada, voluntariamente, en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombría tristeza, llena de rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya sangre, en su traje de baile, que solía ponerse a solas, le pedía venganza.

El indio se enteró de la historia de la joven, y vió que podría hacerla servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empezó a rondar en su cercanía para que le tomara apego.