Así estaban las cosas, cuando un día, Cullen en una visita a Montarón, dejó escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se acercaba el indio, que les servía el mate. Por el tono de la voz, por la alarma que pareció causarles el que alguien hubiera oído aquello, comprendió José Golondrina que doña Carmen de Borja le había engañado cuando él fué a la Casa de los Cuervos en busca del capitán.

Y resolvió ir otra vez. Salió esa noche de la casa de Montarón, sin ser visto, y fué a ver a Bayo, y le prometió de nuevo dar con el paradero del perseguido caudillo, el único de los jefes de la revolución contra el cual podía hacerse un proceso que cortara para siempre en él la vocación revolucionaria.

Bayo, que vivía intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no tenía pruebas, aceptó la propuesta del indio, y mandó con él aquellos tres hombres que pasaron la noche en las cercanías del rancho de ñor Basilio.

El sendero que seguían por entre el monte llegó pronto al bañado, que se extendía a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de los Cuervos. Cuando llegaron allí, se lanzaron al galope, el alférez y sus dos hombres adelante, el indio José detrás, mirando con ojo experto los campos y las haciendas que hallaban al paso.

De pronto dió un grito. En el bañado, entre la caballada que pacía las hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divisó el caballo de Insúa, el mismo en que huyó la noche de la revolución, un tostado magnífico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su dueño al partir esa noche había dejado en la estancia a fin de tenerlo cerca de la ciudad, para la próxima campaña.

Creyó que era eso señal evidente de que el capitán estaba allí, y como los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su exclamación, no dijo nada, y llegaron así a la Casa de los Cuervos.

La irrupción de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los eucaliptus, provocó grande alarma. Ladraron violentamente los perros, los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que salió al rato, cuando ya el alférez había echado pie a tierra ahuyentando los canes a rebencazos, como dueño y señor de la morada.

El gesto severo de doña Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habló, no obstante, con altanería:

—Veníamos en busca de Francisco Insúa.

—Aquí no está—respondió secamente la dama.