—El gobierno sabe que aquí se esconde.
—Se equivoca el gobierno.
—Tiene denuncias, señora.
—Lo han engañado.
Apareció Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podían aún perseguir y alcanzar en el campo.
—¡Mama! que registren, que pierdan tiempo—dijo hablando al oído a doña Carmen.
El alférez, al ver a Gabriela, había cambiado de actitud y se aproximaba almibarado y lleno de disculpas:
—Quizás sea así, señora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en esta forma, y yo no podría evitarlo.
Había llegado hasta la galería, donde estaban ambas mujeres, de pie, cuando José Golondrina, que estudiaba ávidamente la cara ansiosa de Gabriela, se acercó bruscamente, y dijo con sonrisa maligna: