—Mi alférez, diga usted que hemos visto el caballo del capitán comiendo en el bañado.

La joven juntó las manos llena de angustia, creyendo que Insúa se hubiera detenido en el monte con algún propósito que no sospechaba, y hubiera soltado su caballo.

Pero el indio explicó, mirándola siempre con una mirada que le entraba en el alma como una hoja fría:

—El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien.

El indio vió animarse las facciones de Gabriela, y pensó que aquella hermosa mujer habría sido una reina digna para su tribu, si algún día se cumplía la palabra de la adivina.

—Mama, que registren—dijo Gabriela.

—Vos, José Golondrina—observó duramente doña Carmen—ya has venido a mi casa en busca de lo mismo: ¿qué hallaste?

—Su merced disculpe—respondió el indio, bajando al suelo sus ojos obscuros y maliciosos;—yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que busque y busco.

Echó pie a tierra, sonándole el sable y las espuelas de anchas rodajas de plata. Un poncho de lana gruesa le cubría, arrastrando los flecos.