El alférez habría deseado quedar bien con aquella familia por merecer de Gabriela una buena palabra que algún día le sirviera para tornar a la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, podía perderle, y se resolvió a ordenar el registro.
—Es un nuevo agravio que se me hace—protestó doña Carmen de Borja—y yo me quejaré a mi primo el Gobernador.
—Él lo ha ordenado—observó el indio.
—¡Miserable!—contestóle ella en secreto, de modo que sólo él la oyera—yo te salvé de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi casa, por denuncias tuyas.
El indio sonrió y pasó la puerta que le abrían para comenzar el registro.
En el cuarto, frente al árbol de los cuervos donde hasta el día antes estuviera Insúa, halló a Gabriela, que huía del alférez cuyas insinuantes miradas le sublevaban.
—No lo hallarán—dijo la joven con ira—porque no está aquí.
José Golondrina que registraba los rincones, se volvió a ella, y le dijo espiando su actitud:
—¡Mejor para él!