—¿Por qué? Yo no lo conozco, pero sé que sabría defenderse, porque es un hombre valiente.

—Peor para él, entonces, porque tendríamos que matarle.

Gabriela se inmutó.

—Esa es la orden—dijo el indio observando aquella impresión.

—¡Oh!—exclamó la joven intensamente pálida:—¿Es posible que se den esas órdenes?

José Golondrina sonrió y Gabriela comprendió, por la malevolencia de su sonrisa, que había adivinado el secreto de su alma. Se quedaron silenciosos un instante: ella sentía crecer la angustia de su corazón, ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atrevía a alejarse, por miedo de provocar su encono. Habría deseado, por el contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que ella amaba.

—¿Por qué lo persiguen?—se animó a decir.

El indio no respondió, siguió sonriendo, con amarga ironía.

—¿Le ha hecho a usted algún mal?—insistió la joven.

Él contestó que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre.