—Entonces, ¿por qué lo odia y quiere matarle?
El indio habló despacio, con indefinible tristeza en la voz:
—¿Por qué si no lo conoce lo defiende? ¿No comprende que los hombres que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a él, sólo porque usted parece enamorada?
Gabriela tembló. ¿Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos extraños adivinaban su amor?
José Golondrina se acercó a ella:
—¿No ve, niña, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner celoso de que usted lo defienda?
Había desaparecido de sus torvas facciones el gesto que hacía desconfiar de él, y sólo se notaba la emoción con que decía algo que era como una confesión de amor.
Gabriela, que temía al indio, por Insúa más que por ella, aún aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oyó al indio que le dijo:
—Es la tercera ocasión que me llego a esta casa, y no es la primera vez que la veo. ¿No sabe, niña, que un hombre puede llegar a querer con sólo una vez que encuentre a una mujer?