—No hable así—respondióle Gabriela acercándose a la puerta;—le diré al alférez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a conquistar a una mujer.
José Golondrina volvió a sonreír.
—También él hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo pidiendo perdón por un hombre que no es su marido...
—¡Yo no he pedido perdón!
—Ni su hermano...
—Yo no he pedido perdón para él que es valiente—protestó Gabriela, temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera hacerle saber que conocía quién les había dado muerte. Se sintieron pasos en la pieza vecina.
El indio se le acercó; ella fué a abrir la puerta; pero él con un gesto la detuvo y le dijo:
—No tenga miedo de mí.
—No, no tengo,—respondió ella con orgullo—¡no tengo miedo de nadie!