—Ni por usted ni por él...
Oyó apenas la palabra, mas se inflamó la esperanza de que si ganaba el corazón de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insúa en peligro.
—Ni por él—repitió el indio mirándola fijamente, como si con la respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones, pendiera toda su suerte.
Y cuando ella, sin hablar, mostró en sus ojos cuánto le complacía la seguridad que él le brindaba, y cuánto amaba al caudillo revolucionario, el indio se echó a reír con amargura, como si al adueñarse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alargó la mano obscura y nerviosa y la cogió con fuerza de un brazo.
Ella gritó. Él cerró con violencia la puerta que ella abriera, y le dijo al oído, quemándola con su aliento:
—¡Está enamorada, enamorada de él! ¡Qué miseria! ¿No sabe que él...?
Llena de miedo y de horror Gabriela se echó atrás a tiempo que se abría la puerta y entraba don Julián, el cura, como un ventarrón atraído por el grito de ella.
Sonaron dos bofetadas.
—¡Miserable!—rugió el cura.