El indio, doblegado por aquel brazo hercúleo que se abatía sobre él, soltó a Gabriela, y se incorporó, con el odio pintado en el rostro cárdeno como un verdugón.

Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y sólo cuando salió de la pieza, logró dominar su cólera salvaje, y dijo sordamente volviéndose al cura, que atendía a Gabriela, desmayada en el suelo:

—¡Ah, la mala mujer! Yo seré la venganza de ellos, y ella será mi esclava... Nadie le oyó; por toda la casa circulaban los soldados registrando minuciosamente los últimos rincones para dar con el caudillo.

En el patio, doña Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas del alférez.

Un instante le azotó el alma el recuerdo de su hijo muerto por el hombre sobre cuyos pasos podía ella poner a la justicia que lo perseguía. Pero fué un aletazo negro, como el que en la noche siniestra de la revolución, le anunció su desgracia.

Cuando los soldados partieron desengañados, después de registrar la casa, la silueta severa de la dama quedó un rato en el mismo sitio, mirándolos alejarse.

—¡Dios mío, qué horror!—exclamó entrándose.—¡Yo lo perdono y ella lo ama!