TERCERA PARTE
I
En la casa de Bayo
Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que le hacía vivir.
Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán.
Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de "mazamorra" hasta que Dios quisiera.
Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para el inocente maestro de escuela.
El Café del Plata era el nidal de los opositores.
En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas, sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los hombres del Cabildo.