La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo, había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha política.

El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo, donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica.

Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata. Más, parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.

De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me pagan?

Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo, resignado a su confusión.

Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente, sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas.

¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué podía hacer él para hacerla feliz.

Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.

Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa. ¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada, en dirección a la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron, pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.

Cuando volvió, ella le dijo: