—Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo.
Su padre movió la cabeza.
—Todos lo dicen, sin embargo,—murmuró tristemente, deseoso de no desengañarla ni de halagar su ilusión.
Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único medio de asegurar el porvenir de su hija.
Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni resolución de confiarlo a nadie.
Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido.
Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos sabían, que Insúa no había muerto.