Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección opuesta a la de su casa.

Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el mezquino farol del café.

—¡Ilustrísimo doctor Zavalla!

—No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo.

—¡Señor Canónigo!

—¡No soy canónigo!

—¡Señor...!

Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres más poderosos de la situación.

Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán.

Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la ciudad, dábasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento.