El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes revolucionarios.
Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.
Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía, y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando inminente la revolución.
Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio, se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de policía, don Manuel Echagüe.
Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo, debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que apareciera la contera de una espada.
Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de sus adversarios.
Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de una noche sin estrellas.
Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas, cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole interesante el inofensivo personaje.
Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado buscando la ocasión de encontrarle.