—Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín.
El maestro alzó los brazos, clamando al cielo.
Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia abajo. Zavalla se echó a reír, porque le vino a la mente el recuerdo de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la acusación que le enrostraban.
Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a su brazo.
—Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro, véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que hablarle del subsidio de su escuela...
—¡Oh, señor don Manuel María!
—Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada?
—En efecto, señor don Manuel...
Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un gran farol de hierro, pendiente del techo.
La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente arrebujado.