Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.

En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín.

Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.

Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz, más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le iba diciendo Zavalla.

—¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno le adeuda algunos meses...

—¡Doce!...—suspiró el pedagogo.

Zavalla hizo un gesto de desaprobación.

—No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de usted...

Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda.

—¡Son calumnias, señor don Manuel!—exclamó con un hilo de voz.—Si no fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de hambre ya.