—Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le aumenten la subvención.

Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la pagaran sería bastante...

—¿Me espera un minuto?—díjole de pronto Zavalla, como si acabara de tener una inspiración.

Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina, cuya puerta habían cerrado.

Don Serafín miró su magnífico reloj.

—¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza?

Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido como un niño.

Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca temía borronear.

—Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados.

Don Serafín dió un salto.